La gloria de Cristo en el evangelio
Génesis 45:13: conocer y notificar la gloria de Cristo — contemplar, compartir y arriesgar para que otros vengan a Él.
«Notifiquen, pues, a mi padre toda mi gloria en Egipto y todo lo que han visto» (Génesis 45:13).
Introducción
Una de mis preguntas cuando era niño fue: ¿por qué su gloria? Parece egoísta pedir que adoren su propio Nombre y que su propósito sea su misma gloria. Este texto nos ilustrará en la respuesta.
José, ya revelado a sus hermanos, no los retiene solo para sí: les manda llevar buenas noticias a Jacob. En ese mandato late una analogía del evangelio: contemplar la gloria de Cristo y notificarla para que los perdidos vengan a Él.
El estudio seguirá este orden:
- Notificar a mi padre
- Toda mi gloria
- Todo lo que han visto
- La llama que enciende el corazón
- Gloria frente a debilidad y tristeza humanas
1. Notificar a mi padre
«Notifiquen, pues, a mi padre.» Claramente, es una analogía del evangelio. Ahora que vieron un poco, lleven estas buenas noticias a mi padre. Háganle saber, cuenten. No se queden aquí conmigo porque falta mi padre. Evangelizamos con ese objetivo: para que Jacob (los perdidos) vengan ante José (Jesús).
2. Toda mi gloria
«Toda mi gloria.» La buena noticia está intrínsecamente relacionada con su gloria. Si no hemos visto su gloria y no estamos ocupados en conocerle, entonces, ¿qué vamos a contar a los perdidos? Eso quiere decir que nuestros ojos no han sido impactados por la belleza de su gloria y nos costará mucho compartir la buena noticia. Pero si hemos sido impactados por su gloria, entonces será un placer compartirlo, un hecho totalmente deseado desde el mismo corazón.
Las dos cosas son necesarias: conocer su gloria y notificarla. Los hermanos de José tenían que convencer a Jacob de todo lo que tenía José y de lo que se le iba a compartir. Contar su gloria renovaría su esperanza y su gozo.
A partir de la notificación, Jacob podría meditar en su gloria. Y esa meditación le renovaría el alma. Claro, sería por fe, y lo que le notificarían sus hermanos sería tan solo una vislumbre de lo que era. Pero sería suficiente para decidirse a dar el paso, salir de Canaán y caminar por fe hasta Egipto, hasta reencontrarse con su hijo perdido José.
3. Todo lo que han visto
«Y todo lo que han visto.» Claramente, sus hermanos estaban admirados y prestaron atención a cada detalle: la posición de José en Egipto, cómo respetaban sus órdenes (hicieron mención de que era «como Faraón en Egipto»), cómo vestía, su anillo, la comida, su casa, sus carros, sus sirvientes, su familia. Todo quisieron ver. Muy similar a la gloria que encontró la reina de Sabá cuando fue a ver a Salomón. Esa es la actitud que Dios desea de nosotros.
Dios quiere que le busquemos y nos admiremos día a día por su belleza. El interés por el detalle en cada aspecto de la gloria de Cristo, y la consecuente admiración y deseo de disfrutar con Él en su gloria, será clave a la hora de compartir el evangelio, tal como escribió el apóstol Juan:
«Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado y lo que han tocado nuestras manos, esto escribimos acerca del Verbo de vida» (1 Juan 1:1).
Tan pronto como los hermanos salieran y entraran en el desierto, tendrían ganas de volver a estar con José en Egipto y disfrutar de su gloria. Pero a la vez, un intenso deseo correría dentro suyo por contar la buena noticia a Jacob. Ese deseo los mantendría encendidos, dispuestos con gran energía para hacer el trabajo de forma excelente.
4. La llama que enciende el corazón
La gloria de Cristo es una llama que enciende tu corazón, impidiéndote distraerte con otras cosas y deseos vanos. Los hermanos de José no se perdieron en el camino a Canaán, no se desviaron, llegaron tan rápido como pudieron, porque Jacob tenía que verle y conocerle.
5. Gloria frente a debilidad y tristeza humanas
La gloria de Cristo contrasta con las debilidades y la tristeza humana. Los hermanos de José sabían que Jacob estaba muy triste, que era de edad avanzada y que lo único que le quedaba era su hijo Benjamín; él mismo lo había dicho anteriormente. La pérdida de José había hecho que Benjamín fuera «intocable». Lamentablemente, tenía en mayor consideración a sus dos hijos que había tenido con Raquel que a los demás. Benjamín probablemente se habría convertido en un apoyo que lo mantendría con ganas de vivir.
Aun teniendo ese apoyo, la gloria de Cristo resplandece con tal intensidad que uno se arriesgaría para conocer a Cristo. Jacob finalmente estuvo dispuesto a marchar a Egipto, a arriesgar lo que tenía, para conocer la gloria de José. Podría haber protestado o dicho a sus hijos: que venga él aquí, él es joven y esta es mi tierra. Pero no: al contrario, estuvo dispuesto a arriesgar para conocer la gloria de José.
Conclusión
La historia de José y Jacob es una potente metáfora del evangelio y de la búsqueda de la gloria de Cristo. Este relato nos enseña que conocer y notificar la gloria de Cristo es esencial para nuestra fe y nuestro evangelismo. Así como los hermanos de José compartieron con Jacob las maravillas que habían visto en Egipto, nosotros también debemos comunicar la gloria de Cristo que hemos experimentado. Esta gloria no solo renovará nuestra propia esperanza y gozo, sino que también inspirará a otros a buscar y venir a los pies de Cristo.
Al contemplar la gloria de Cristo, somos transformados y encendidos por un deseo ardiente de compartir la buena nueva. Esta llama nos motiva a dejar atrás nuestras debilidades y tristezas humanas y a caminar con fe hacia un encuentro más profundo con nuestro Salvador. Como Jacob, debemos estar dispuestos a arriesgar lo que hoy sostiene nuestra vida —un hijo, la familia, el trabajo, la empresa, la salud, la carrera, diversos dones o un ministerio— para conocer y experimentar la gloria de Cristo, confiando en que esta búsqueda nos llevará a una relación más plena y significativa con Él.
Continúa explorando esta serie
Este artículo es la Parte I de la serie La gloria de Cristo: contemplar y notificar la gloria del evangelio. En la Parte II se profundiza en la lucha entre la codicia del pecado y la hermosura de Cristo; en la Parte III, en el amor de Dios que transforma los afectos y abre el deleite mutuo.
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Que el Señor abra tus ojos a la gloria de Cristo y encienda en ti el deseo de notificarla.