La lucha interna: ¿sigue habitando el viejo hombre en el santo?
Santiago 1:14: la carne sigue habitando en el santo. Viejo hombre, ley del pecado y concupiscencia: por qué pecas si el dominio ya fue vencido.
«Sino que cada uno es tentado cuando es llevado y seducido por su propia pasión» (Santiago 1:14).
Introducción
Crucificado, debilitado, en agonía, el pecado continúa habitando en el santo; a veces, con fuerzas y ganas de recobrar vida. El viejo hombre fue sentenciado, crucificado con Cristo (Romanos 6:6); pero sus pasiones se resisten a morir. La carne continúa deseando, a veces apasionadamente, el pecado. Aunque te abstengas de las pasiones carnales, estas persisten buscando influenciar tu alma (1 Pedro 2:11), un tema que exploraremos en el próximo estudio. A veces grito: «¡Ay, no puedo dejar de leer noticias!». Es justo ahí cuando te das cuenta de que un acto deliberado se convirtió en un vicio.
Hay quienes niegan este combate feroz en el alma, porque la muerte de Cristo fue suficiente y completa. Añaden que si el «viejo hombre» fue crucificado juntamente con Cristo y somos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17), el «viejo hombre» ya no es parte de nuestras vidas. Sostienen que la renovación de la mente (Romanos 12:2) es un proceso de comprender que pertenecemos a Dios y hemos sido liberados del dominio del pecado. Sin embargo, esta perspectiva pasa por alto una distinción clave: en nuestra posición ante Dios, el viejo hombre —nuestra antigua naturaleza pecaminosa— ha sido crucificado, y ya no nos define; pero en la práctica, sus pasiones carnales persisten como pecado remanente, batallando contra el nuevo hombre.
El punto final de la discusión es este: si he nacido de nuevo, si mi antigua naturaleza fue crucificada juntamente con Cristo y el pecado ya no tiene dominio sobre mi vida (Romanos 6:14), entonces, ¿por qué sigo pecando? Si te cuesta entender cómo las pasiones del pecado siguen activas siendo que el «viejo hombre» fue derrotado, o si sientes vergüenza o culpa por tus pecados, porque parecen graves y piensas que no deberían estar en tu vida, este artículo es para ti.
Esto no es un detalle de vocabulario. Toca cómo te ves delante de Dios, cómo confiesas y cómo pelean tus afectos. El estudio seguirá este orden:
- Carne, viejo hombre, ley del pecado y concupiscencia
- La carne sigue habitando en el santo
- Influencia del pecado sobre el alma
- Influencia del pecado sobre el cuerpo
- Síntesis
1. Carne, viejo hombre, ley del pecado y concupiscencia
Para entender por qué el creyente sigue pecando, es necesario distinguir cuatro términos bíblicos que describen la realidad del pecado remanente, cada uno con matices derivados del griego. Los analizaremos como etapas en el proceso del pecado: desde su origen (viejo hombre, ley del pecado), pasando por su medio (carne), hasta su expresión (concupiscencia) y consumación (pecado).
El viejo hombre
El «viejo hombre» (palaios anthrōpos) representa la antigua identidad pecaminosa del creyente, la condición heredada de Adán que caracterizaba la vida apartada de Dios antes de la conversión, marcada por una mente oscurecida, un corazón endurecido y una voluntad esclavizada al pecado (Efesios 4:17–19).1 En la conversión, el viejo hombre es crucificado con Cristo (Romanos 6:6), liberando al creyente del dominio del pecado, de modo que la voluntad ya no está esclavizada (Romanos 6:14) y podemos afirmar que nos hemos despojado del viejo hombre (Colosenses 3:9).
Sin embargo, su influencia persiste en la forma de «ley del pecado» o «el pecado que mora en mí», y es por ello que nuestra tarea es despojarnos del viejo hombre (Efesios 4:22). La única forma de entenderlo, entonces, es que el viejo hombre citado en Colosenses 3:9 alude a la realidad posicional de que fue crucificado en Cristo; y en Efesios 4:22 se refiere a la realidad práctica de que el santo debe continuar despojando sus antiguas pasiones. Ahora analizaremos la ley del pecado.
La ley del pecado
La «ley del pecado» (nomos tēs hamartias) describe el principio o fuerza activa del pecado que opera a través de la carne.2 Esto lo confirma 1 Juan 1:8: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros». Este principio tiene su origen en la caída, cuando el pecado corrompió la naturaleza humana (Romanos 5:12), dejando una disposición pecaminosa que persiste incluso en los regenerados, manifestándose como el «pecado que mora en mí» (Romanos 7:17, 20).
Aunque esta «ley» actúa como una fuerza antagónica, luchando contra la nueva naturaleza (Gálatas 5:17; Colosenses 3:5, 8–10) y concibiendo el pecado a través de los deseos (Santiago 1:14–15), el creyente es libertado de su dominio por «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús» (Romanos 8:2). Esta liberación, lograda mediante la unión con Cristo, rompe el poder condenatorio y esclavizante del pecado (Romanos 6:14), permitiendo al creyente resistir sus inclinaciones mediante el Espíritu (Romanos 8:13).
La carne
La «carne» (sarx) es el asiento donde trabaja la ley del pecado.3 Es decir, la ley del pecado opera a través de la carne y corrompe los deseos del cuerpo y el alma. Digamos que la carne está bajo la influencia de la ley del pecado, y es por ello que los deseos del cuerpo y el alma se desordenan. Los deseos del cuerpo y el alma no son malos en sí mismos, sino que aún continúan siendo afectados por la ley del pecado, a lo cual Pablo llama otra ley en los miembros que hace guerra contra la ley de la mente (Romanos 7:23).
Los deseos del cuerpo son deseos fisiológicos: aquí se pueden enumerar los sexuales, el cansancio, el hambre, el dolor y la depresión (en parte). Mientras que los deseos del alma son sus afectos: tristeza, enojo, ira y toda clase de placeres.
La concupiscencia
La concupiscencia o pasiones carnales (epithymia) son los deseos desordenados que surgen de la carne bajo la influencia de la ley del pecado.4 Como explica Jonathan Edwards en Los afectos religiosos, estos son afectos naturales, inclinaciones corruptas del corazón que buscan el pecado, en contraste con los afectos espirituales producidos por el Espíritu.5 Cuando la concupiscencia seduce la voluntad (deleazō, Santiago 1:14), «concibe» y da a luz el pecado (Santiago 1:15).6 Las obras de la carne (Gálatas 5:19–21), como la fornicación o la envidia, son el resultado de ceder a estas pasiones. John Owen, en La mortificación del pecado, exhorta: el pecado no reina en el creyente, pero siempre está actuando, y debe ser mortificado diariamente.7
Resumiendo, el pecado en el creyente sigue un proceso descrito por Pablo y Santiago. La ley del pecado (Romanos 7:23) es el principio activo que opera a través de la carne (Gálatas 5:17), produciendo concupiscencia, deseos desordenados (Gálatas 5:16) que seducen la voluntad (Santiago 1:14) y combaten contra la mente que se va renovando por la nueva creación. Si estos deseos prevalecen sobre los afectos del Espíritu, la voluntad cede, dando a luz el pecado (Santiago 1:15).
2. La carne sigue habitando en el santo
En «Crucificados con Cristo» vimos que el dominio del pecado sobre la vida del santo fue vencido; y ahora el santo vive bajo el dominio de la gracia. No obstante, aunque el pecado perdió el dominio, sigue habitando: por eso seguimos pecando. «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). Es decir, aunque la carne fue crucificada, persiste con sus pasiones y buscará ejercer dominio de vuelta, combatiendo hasta la muerte (1 Pedro 2:11; Romanos 7:23).
El pecado remanente es como una brasa: no hay fuego abierto, pero sigue quemando lentamente. Si se añade leña, puede encenderse y causar un incendio devastador. Esto es: el Espíritu se puede entristecer, causando apatía espiritual o fervorosa soberbia espiritual (perdiendo el entendimiento de su propia condición miserable); con lo cual, el viejo hombre recobrará vida y matará al nuevo hombre que ha sido engendrado. Tal caso no aplica a los que son guiados por el Espíritu; por ello, debemos estar siempre vigilantes, mortificando las pasiones de la carne mediante el Espíritu (Romanos 8:13). Estas inclinaciones no definen la identidad del santo (como lo hacía el «viejo hombre»), pero requieren una lucha constante mediante la dependencia del Espíritu (Gálatas 5:16–17).
Es crucial entender que, sin nuestra naturaleza pecaminosa, tendríamos la posibilidad de no pecar jamás, como Adán antes de la caída. Jesús, por su parte, como su naturaleza divina no puede pecar (es imposible), y como su naturaleza divina está unida a la naturaleza humana, por consiguiente nunca pecó. Sin embargo, nuestra condición es diferente: una inclinación pecaminosa persiste en nuestro cuerpo y alma, ve al pecado atractivo y se rebela contra el nuevo hombre para seducir la voluntad a fin de recuperar el tan ansiado dominio sobre la vida de la persona y así traer muerte.
3. Influencia del pecado sobre el alma
John Owen, en su Tratado sobre el dominio del pecado y la gracia, distingue entre el dominio total del pecado, propio de los incrédulos, y el dominio diferencial, que afecta a los santos.8 Sabemos, por la afirmación de que el pecado no tendrá dominio sobre nosotros, que peleará y guerreará por tal dominio (Romanos 7:23), aunque al final no tenga éxito alguno. La carne encuentra placer tanto en la tentación interna como en la externa, por Satanás o el mundo. Estas pasiones pueden ejercer, entonces, una «influencia» (o dominio diferencial) sobre el cuerpo y el alma.
El alma es el centro espiritual del ser humano, con el cual el hombre se relaciona con cada persona del Dios trino, y con su propia naturaleza. Por lo cual, el alma tiene dos facultades: una se llama entendimiento y la otra voluntad. En este apartado seguimos de cerca a Edwards en Los afectos religiosos.9
Entendimiento. Esta facultad le permite percibir, especular, discernir, ver y juzgar las cosas, tanto físicas como espirituales, tanto propias (conciencia) como de otros. A esta facultad también se la suele llamar mente, y al proceso, «cognitivo».
Voluntad. Esta facultad es la que le permite inclinarse o rechazar las cosas que ve o considera. Es decir, el alma no solo contempla las cosas como un espectador, sino que le gustan o le disgustan, se complace o no, las aprueba o las rechaza. A esta facultad se la suele llamar inclinación, y al centro o sede del ejercicio, corazón.
Es decir, los ejercicios de la voluntad tienen dos clases: (1) puede ser positiva, inclinándose, o (2) negativa, oponiéndose. Estas clases, a su vez, pueden ser muy diversas en sus grados. El alma puede estar cerca de la indiferencia, o inclinarse hacia algo con gran intensidad. Hay veces en las que el alma puede elevarse más y más, y los actos son con tal fuerza que, a través de la unión entre cuerpo y alma, el movimiento de la sangre cruza órganos vitales, haciendo que la sensación sea muy intensa. A estos ejercicios más vigorosos se les llama afectos.
«Los afectos son los ejercicios más vigorosos y sensibles de la inclinación y voluntad del alma, cuando el corazón es movido de manera sensible por algún objeto, ya sea presente o ausente, bueno o malo.»10
Si la inclinación del alma hacia una cosa es en un grado alto, vigoroso y vivo, se le llama «afecto de amor» y decimos que «mi alma se deleita» o «encuentra en él placer o contentamiento». En cambio, si es desprecio en un grado alto, se le llama «odio». A veces preferimos hablar de «angustia» o «dolor», y si es en un grado alto decimos que «mi alma está afligida». Entonces, los afectos de la primera clase son el amor, el deseo, la esperanza, la alegría, la gratitud, la complacencia. Mientras que los de la segunda clase son el odio, el miedo, la ira, el dolor.
Ahora podemos distinguir la pasión como los afectos que son más repentinos o violentos, más propios de los animales, en los que la mente resulta más dominada y menos a su propio mando. Sucede cuando algo «nos tira» o «nos empuja» y decimos, por ejemplo: «ayer trabajé con tanta pasión que perdí la noción de la hora».
Entonces, hablamos de «pasiones carnales» cuando los afectos son capturados por la carne y atraídos por el pecado, nos empujan hacia la codicia o la envidia (Santiago 1:14). Mientras que los «afectos espirituales» son producidos por el Espíritu Santo y dirigidos hacia la gloria de Dios (Gálatas 5:22–23).
Recapitulando, el alma es la sede espiritual del ser humano, y es tan importante que la batalla se libra aquí: el pecado buscará retomar su influencia desordenando tus pasiones, para que en lugar de ser espirituales, sean carnales. Algunas de las batallas de los afectos espirituales contra los carnales, libradas en el alma, pueden ser:
- Ansiedad: cansancio de esperar; no quieres saber nada con la paciencia; quieres que tu proyecto del futuro sea real ante tus ojos ya y ahora mismo.
- Apatía: te encuentras en un estado donde has perdido el gusto y el sabor por la comunión con Dios. La Palabra se vuelve aburrida o rutinaria; ya no hay nada nuevo. Estás sin gozo, pero sin fuerzas para recuperar el gozo.
- Desánimo o frustración: cansancio de intentar y no conseguirlo, de esforzarse y que nunca salga. Te encuentras en un estado en el que quieres tirar la toalla.
- Autosuficiencia: lograste varias cosas «solo» y piensas que seguirá siendo así toda tu vida. No necesitas tanto de la iglesia, ni de leer la Palabra, ni de la oración.
- Rebeldía: sucede luego de hartarse de la abstinencia. Estabas en un estado de presión o tensión entre la ley y tus afectos, y decides «liberar» tus afectos (carnales) para «disfrutar» (de tu carne).
4. Influencia del pecado sobre el cuerpo
El cuerpo, creado por Dios, tiene deseos naturales como hambre, sed, cansancio y sexualidad, diseñados para nuestro bien y su gloria. Sin embargo, el pecado, operando a través de la carne, puede desordenar estos deseos, corrompiendo el alma y conduciéndonos al pecado. Por ejemplo, el hambre, un deseo legítimo, puede convertirse en gula si la carne lo desordena, afectar el alma y seducir la voluntad, culminando en un atracón. Un deseo sexual, hermoso en el matrimonio, puede ser pervertido por la carne hacia la fornicación o la inmoralidad, intensificando afectos pecaminosos que dominan el corazón. Asimismo, el cansancio, que busca descanso, puede ser desordenado en procrastinación, dejando tareas esenciales para después; o, al ignorar el descanso, llevar al estrés que tensa el cuerpo y el alma. Incluso un afán por la productividad puede convertirse en una obsesión que nos aísle, nos genere ansiedad y terminemos irritados contra toda persona que se cruza contra nosotros.
En resumen, el pecado siempre está ahí actuando, molestando, desordenando nuestros deseos naturales para corromperlos y desestabilizarnos. Mediante la gracia del Espíritu, el creyente puede disciplinar el cuerpo, ordenar sus deseos y proteger el alma de la seducción del pecado (Romanos 8:13). El pecado realmente es el enemigo: siempre busca transformar algo bello en algo horrible, algo que nos causa placer, en culpa. El pecado no tendrá piedad sobre tu vida hasta dominarte por completo y matarte. El santo debe ser consciente diariamente, para estar en guardia, y matarlo sin compasión.
5. Síntesis
El pecado en el santo es un evento «ordinario» que tiene un fin.
- Reconocer que el pecado sigue habitando para confesar y vulnerarse.
- Este proceso conduce a crecer en humildad, estar despiertos y velando.
- El resultado final será que toda la vida del santo estará en luz.
El pecado es una realidad ordinaria en la vida del santo: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8). Sin embargo, no tiene dominio (Romanos 6:14) ni define al creyente, cuya identidad es el nuevo hombre en Cristo (2 Corintios 5:17). Como una brasa que puede encenderse, el pecado remanente requiere vigilancia constante: «Sean de espíritu sobrio, estén alerta. Su adversario, el diablo, anda al acecho como león rugiente, buscando a quien devorar» (1 Pedro 5:8). Y Jesús también advirtió: «Estén alerta, velen; porque no saben cuándo es el tiempo señalado» (Marcos 13:33).
Reconocer esta realidad ordinaria —que nadie está exento de los ataques internos del pecado o externos de parte de Satanás, y que ellos buscan nuestra destrucción definitiva— es clave para ser vigilantes; y la vigilancia diaria nos conducirá a la confesión con Dios, con los ancianos y con la iglesia. Fomentar la vulnerabilidad dentro de la iglesia hará que la confesión sea un acto deseado y potente para liberar la culpa, y no un acto con el miedo de ser enjuiciado o de perder algún cargo eclesiástico.
Este proceso hará que el santo viva en luz, porque no oculta su pecado remanente, sus luchas, sus pensamientos o afectos. Está confiado de que hay ancianos maduros que velan por él, y que Cristo intercede para que no caiga. El diablo no tiene que culparlo de nada porque el santo ya lo ha descubierto y los ancianos le han cuidado. No hay miedo a perder nada, a que alguien te descubra, a que alguien pretenda hacerte daño, porque sabes que el pecado es ordinario, que todos luchan contra él —independientemente de los cargos, dones o situación económica—, y que la batalla se libra cada día hasta que estemos con Cristo en el paraíso.
Finalmente, este proceso hará que el santo cultive humildad, recordándose su condición caída y la necesidad constante de «la gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo» (2 Corintios 13:14). Y en esta constante comunión irá descubriendo que Dios, gozando eternamente en la Trinidad, decidió renunciar al goce con su Hijo (por unos instantes), para gozar de la comunión con su pueblo. Esta meditación despertará al santo para renovar sus afectos y gozar también de una santidad tal que le apasiona estar cerca de cada persona de la Deidad.
John Owen escribió que el creyente que no mortifica el pecado diariamente —en el Espíritu y con la iglesia— no está en paz con Dios ni consigo mismo, y no gozará de una comunión íntima con el Dios trino.11 La lucha contra el pecado conducirá a muchas victorias, y también a muchos fracasos. Sí, por esto mismo, como dura toda la vida, este proceso forjará paciencia y hará que seamos completamente santos, sin que nos falte nada (Santiago 1:2–4). El resultado será una vida transformada, donde el santo viva en luz y sin culpa.
Conclusión
No temas confesar tu pecado, ni te avergüences de tu lucha; en la cruz, el viejo hombre fue derrotado, y en la gracia, el nuevo hombre crece cada día. ¿Qué pasiones gobiernan tu corazón? Mortifícalas hoy, y deja que tu vida sea un testimonio de la gloria de Dios y para la gloria de Dios.
«Digo, pues: anden por el Espíritu, y no cumplirán el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues estos se oponen el uno al otro, de manera que ustedes no pueden hacer lo que deseen» (Gálatas 5:16–17).
John Bunyan lo dijo con dureza pastoral:12
El pecado es el gusano que nunca muere, el fuego que nunca se apaga; si el infierno perdiera su calor, el pecado se expiraría. Es mejor estar en el infierno sin pecado, que estar donde el cielo está y ser encontrado pecador allí. Alguien sin pecado con infernales estaría bien, pero el pecado haría del cielo un infierno.
Mírate a ti mismo, mantenlo fuera de la puerta, no sea que entre y nunca más salga.
Los necios se burlan del pecado, no creerán. Lleva un gran peligro bajo su manga; ¿cómo es posible, dicen ellos, que tal cosa, tan llena de dulzura, tenga un aguijón? No saben que es el hechizo del pecado, hacerlos reírse en su camino al infierno.
Mírate a ti mismo, luego, no trates más con el pecado, no sea que Él, que salva, te cierre la puerta.
Continúa explorando esta serie
Este artículo es la Parte III de la serie La batalla espiritual: la carne que sigue habitando en el santo. La crucifixión del viejo hombre y la libertad del dominio del pecado están en «Crucificados con Cristo»; en la parte siguiente se profundizará en el combate espiritual: firmes en la fe.
¿Tienes alguna pregunta o experiencia que quieras compartir? Escríbeme por correo. Me encantaría saber cómo este tema resuena contigo.
Que el Señor te quite la vergüenza falsa, te dé luz para confesar y te haga velar: la brasa no tiene por qué volver a ser incendio.
Notas al pie
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Nestle-Aland: ὁ παλαιὸς ἄνθρωπος (Efesios 4:22; Colosenses 3:9; cf. Romanos 6:6). Transliteración SBL: palaios anthrōpos. ↩
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Nestle-Aland: νόμος τῆς ἁμαρτίας (Romanos 7:23). Transliteración SBL: nomos tēs hamartias. ↩
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Nestle-Aland: σάρξ (Romanos 7:14–8:8; Gálatas 5:16–21). Transliteración SBL: sarx. ↩
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Nestle-Aland: ἐπιθυμία (Santiago 1:14). Transliteración SBL: epithymia. ↩
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Jonathan Edwards, A Treatise Concerning Religious Affections (Boston, 1746), Parte I. El párrafo del cuerpo resume la distinción edwardsiana entre afectos naturales corruptos y afectos espirituales. Texto original (inglés): «True religion, in great part, consists in holy affections.» El castellano del cuerpo es síntesis pastoral, no equivalencia literal de un solo párrafo. ↩
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Nestle-Aland: δελεαζόμενος, participio de δελεάζω (Santiago 1:14). Transliteración SBL: deleazomenos / deleazō. El verbo evoca el cebo que atrae. ↩
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John Owen, Of the Mortification of Sin in Believers, cap. 1–2. Texto original (inglés): «Sin doth not only still abide in us, but is still acting, still labouring to bring forth the deeds of the flesh.» El castellano del cuerpo resume esa línea de forma libre y pastoral: el pecado no reina, pero sigue actuando y debe mortificarse. ↩
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John Owen, A Treatise of the Dominion of Sin and Grace. El término «dominio diferencial» del cuerpo es didáctico del autor, no una cita literal de Owen. El castellano resume la distinción oweniana de forma libre y pastoral. ↩
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Edwards, Religious Affections, Parte I. Exposición de entendimiento y voluntad / inclinación. El castellano del cuerpo sigue de cerca esa línea, en forma libre y pastoral. ↩
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Edwards, Religious Affections, Parte I. Texto original (inglés): «The affections are no other than the more vigorous and sensible exercises of the inclination and will of the soul.» El castellano del cuerpo es traducción libre, lo más fiel posible a ese original. ↩
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Owen, Of the Mortification of Sin in Believers. El castellano del cuerpo, con el paréntesis eclesial, es síntesis pastoral del autor, no una cita literal de una sola frase inglesa. ↩
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John Bunyan. El bloque en el cuerpo es traducción del autor al castellano. Texto original (inglés): . ↩