Crucificados con Cristo: la libertad del dominio del pecado
Romanos 6:6–7: el viejo hombre fue crucificado con Cristo. Ruptura con el dominio del pecado, nueva identidad y vida de un crucificado.
«Sabemos esto, que nuestro viejo hombre fue crucificado con Cristo, para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado» (Romanos 6:6–7).
Introducción: ¿puede el pecado seguir dominándote?
¿Alguna vez un pecado persistente te hizo dudar sobre tu salvación? ¿Puede un pecado perseverar y ejercer dominio en la vida de un santo? ¿Puede un pecado ser más atractivo que Cristo mismo? ¿Hay esperanzas para el que lucha contra un pecado puntual? Si tienes o has tenido esta clase de preguntas, este artículo es para ti.
Este artículo nace de un estudio profundo sobre las implicaciones de ser una nueva criatura, la lucha contra el viejo hombre y el dominio del pecado o de la gracia. Durante años yo mismo me enfrenté a estas dudas mientras luchaba con pecados como la lujuria, la ansiedad, el desánimo y la queja, en repetidas ocasiones. Por lo cual, muchas veces me he preguntado si verdaderamente había sido salvo: se supone que si he sido salvo, he sido librado del pecado; y si bien podría ocasionalmente caer, su persistencia me hacía dudar del poder de la obra de Cristo sobre mi vida, me abatía ferozmente y me dejaba desmayado y sin fuerzas.
Esto no es un detalle menor. Toca el centro de tu fe: si el viejo hombre fue crucificado, ¿por qué el pecado sigue gritando? En la Parte I distinguimos tentación, prueba y disciplina. Aquí sentamos la base: el «viejo hombre» fue crucificado con Cristo, y esa es la identidad desde la cual se entiende el resto de la batalla.
Mi oración es que este estudio te anime a vivir en la libertad que Cristo ha conquistado por ti y para ti, porque a medida que nos despojamos del pecado, y quitamos las vendas de nuestros ojos, vamos contemplando la belleza de Cristo con más gloria, y transformando así nuestra relación con el pecado —pierde su atractivo— y con Dios en su plenitud —aumenta su atractivo—.
El estudio seguirá este orden:
- Qué es el viejo hombre: identidad antes de la cruz
- Crucificados con Cristo: ruptura con el dominio del pecado
- En Cristo: libres de toda condenación
- Nueva identidad: el hombre digno
- Cambio en la relación con el pecado: ya no nos define
1. Qué es el viejo hombre: identidad antes de la cruz
En teología es importante distinguir cuál es el punto de partida, y luego ser cuidadoso con el desarrollo lógico, para llegar hasta la conclusión, siendo bíblicos. En este caso es vital comenzar con esta base sólida: el viejo hombre fue crucificado con Cristo (Romanos 6:6) y el que está en Cristo es nueva criatura (2 Corintios 5:17).
El viejo hombre viene del término griego palaios anthrōpos.1 Representa la identidad del santo antes de la conversión, asociada con el pecado y la esclavitud a él.
2. Crucificados con Cristo: ruptura con el dominio del pecado
La idea teológica es que, mediante la identificación con la muerte de Cristo, esta naturaleza pecaminosa ha sido co-crucificada o crucificada juntamente con Cristo —synestaurōthē—, como si Cristo y mi yo carnal se crucificaran en la misma cruz en aquel acto en el 30 d.C.2 Esto es una unión espiritual —fuimos unidos en Cristo— y una realidad actual: el verbo está en modo indicativo, de un evento puntual en el pasado (tiempo aoristo) hecho por la obra de Cristo (voz pasiva).
Esto implica una ruptura decisiva con su dominio, como bien continúa explicando el apóstol:
«para que nuestro cuerpo de pecado fuera destruido, a fin de que ya no seamos esclavos del pecado; porque el que ha muerto, ha sido libertado del pecado» (Romanos 6:6–7).
En definitiva, la persona que fue crucificada junto con Cristo ha sido libertada del dominio del pecado. Es decir, el poder del pecado fue roto, y no tiene autoridad legal sobre el santo. Existe, además, un cambio de dominio: antes pertenecíamos al dominio de las tinieblas y ahora pertenecemos al reino de su Hijo amado:
«Porque Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de Su Hijo amado» (Colosenses 1:13).
3. En Cristo: libres de toda condenación
Este cambio de dominio también nos libra de la condenación del pecado:
«Por tanto, ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).
Al unirnos en Cristo, hemos sido absueltos de la culpa y el castigo que el pecado traía —la ira de Dios según Romanos 1:18 y la muerte según Romanos 6:23—. Es decir, al no estar bajo el dominio del pecado, y no tener él autoridad legal sobre nosotros; y como la culpa fue anulada, ya no hay sentencia de castigo contra nosotros. El poder de estar juntamente crucificado con Cristo es tal que somos unidos en su muerte, de tal forma que no hay fuerza que nos pueda separar del amor de Dios, de Dios mismo: seguimos unidos en Cristo.
4. Nueva identidad: el hombre digno
Crucificado juntamente con Cristo también implica un cambio de identidad:
«De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas» (2 Corintios 5:17).
Antes, nuestra naturaleza pecaminosa dominaba tanto los afectos de nuestra alma como los deseos de nuestro cuerpo, esclavizándonos al pecado y llevándonos a identificarnos con la corrupción, como súbditos de su dominio (Romanos 6:6). Ahora, en Cristo, somos nuevas criaturas, libres del dominio del pecado, con afectos renovados hacia Dios y deseos corporales sometidos a su voluntad.
Nuestra alma estaba dominada por el viejo hombre. Ahora, la identidad del santo está en Cristo, en la nueva criatura, en el hombre digno revestido por la justicia de Cristo. Por ello mismo, el santo es llamado esclavo de Cristo, porque está íntimamente unido con su Amo-Amado. Tal es la profundidad de la crucifixión con Cristo y su valor es tan estimado, que ofrecemos nuestros cuerpos como instrumentos de justicia:
«ni presenten los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de iniquidad, sino preséntense ustedes mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y sus miembros a Dios como instrumentos de justicia» (Romanos 6:13).
Siendo el Justo, Cristo, el santo tiene la gracia y el privilegio de unir su cuerpo también a la Justicia-Cristo.
5. Cambio en la relación con el pecado: ya no nos define
La regeneración no aniquila el pecado completamente, sino que produce un cambio en nuestra relación con él, liberándonos de su poder condenatorio y de su esclavitud.3 Esta liberación del dominio del pecado implica un cambio de identidad: el creyente ya no se identifica con el pecado, sino con Cristo, porque la gracia reorienta los afectos y la voluntad hacia Dios.
Teológicamente, esto sugiere que el viejo hombre no sigue vivo como una entidad activa que domina al creyente. En cambio, su poder ha sido anulado por la obra de Cristo. El creyente ya no está esclavizado al pecado (Romanos 6:7). Su antigua forma de vivir es antigua: y debe oler a viejo. Los patrones de la vida anterior —inmoralidad, vicios, egoísmo— ya no son compatibles con la nueva identidad en Cristo. Por ello, la crucifixión es para que el cuerpo de pecado —la carne— sea destruido. La vida de un santo es la vida de un crucificado que conscientemente ha decidido negar sus pasiones para, dolorosamente, unirse a las pasiones del corazón de Dios.
Conclusión: vivir como crucificados
Así que mi pregunta en esta instancia es la siguiente: ¿piensas y sientes que fuiste crucificado tan cierto espiritualmente como si fuera físicamente? ¿Piensas y sientes que definitivamente has roto con todo tu pasado? ¿A veces permites que Satanás te siga condenando? ¿Hay conductas, patrones, hábitos, que aún perduran de tu vieja vida y que no son conforme a la vida de un crucificado? ¿Cómo reflejas tu nueva identidad y la justicia de Cristo en las decisiones diarias?
Esta co-crucifixión es una realidad por fe, que se manifiesta físicamente en un cambio de vida en todas las esferas de nuestro ser-hacer-tener.
Aunque el viejo hombre fue crucificado, la lucha contra el pecado no termina. En el próximo estudio exploraremos cómo la carne sigue influyendo en nosotros y qué significa pelear esta batalla espiritual.
Continúa explorando esta serie
Este artículo es la Parte II de la serie La batalla espiritual: el viejo hombre crucificado y la libertad del dominio del pecado. Los fundamentos de tentación, prueba y disciplina están en la Parte I; en la parte siguiente se profundizará en la lucha interna: si la carne sigue habitando en el santo.
¿Tienes alguna pregunta o experiencia que quieras compartir? Escríbeme por correo. Me encantaría saber cómo este tema resuena contigo.
Que el Señor te haga ver, por fe, que fuiste crucificado con Cristo, y que el pecado ya no tiene dominio sobre ti.
Notas al pie
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Nestle-Aland: ὁ παλαιὸς ἄνθρωπος (Romanos 6:6; cf. Efesios 4:22; Colosenses 3:9). Transliteración SBL: palaios anthrōpos. ↩
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Nestle-Aland: συνεσταυρώθη, aoristo indicativo, voz pasiva, tercera persona del singular de συσταυρόω. Transliteración SBL: synestaurōthē. ↩
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John Owen, Of the Mortification of Sin in Believers, cap. 1. Texto original (inglés): «The choicest believers, who are assuredly freed from the condemning power of sin, ought yet to make it their business all their days to mortify the indwelling power of sin.» El castellano del cuerpo resume esa línea de forma libre y pastoral: la regeneración libera del poder condenatorio, pero el pecado indwelling sigue y debe ser mortificado. ↩