Portada: La omnipresencia de Dios — Jeremías 23: el Señor que llena cielo y tierra no deja escondite en el oficio ni en la palabra. Un solo Dios, distinta operación.
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La omnipresencia de Dios

Jeremías 23: el Señor que llena cielo y tierra no deja escondite en el oficio ni en la palabra. Un solo Dios, distinta operación.

«¿Acaso soy Yo un Dios solo de cerca —declara el Señor— y no un Dios de lejos? ¿Podrá alguien esconderse en escondites de modo que Yo no lo vea? —declara el Señor—. ¿No lleno Yo los cielos y la tierra?» (Jeremías 23:23–24).

Introducción: ¿puedes esconderte de Dios?

Hay una tentación que no es nueva y que esta generación ha vuelto cotidiana: vivir como si Dios estuviera lejos. Corremos de aquí para allá —Daniel lo vio: «Muchos correrán de aquí para allá, y el conocimiento aumentará» (Daniel 12:4)— y el corazón se llena de afán, de scroll, de palabra liviana. Queremos más en menos tiempo. Queremos «paz, paz» mientras nadie nos ve. Cerramos la puerta y pensamos: acá no me ve nadie.

¿Por qué importa entender esto? Porque no es un detalle de mapa. Toca cómo oras, cómo pecas, cómo pastoreas y cómo hablas «de parte del Señor». Si Dios llena los cielos y la tierra, no hay cuarto cerrado, ni púlpito, ni sueño donde Él no esté.

Jeremías 23 va contra el dios lejano. Los que hablaban «así dice el Señor» lo hacían sin temor, como si Dios estuviera ocupado, o de cerca nada más, o no viera. Y Dios pregunta:

«¿Acaso soy Yo un Dios solo de cerca», declara el Señor, «y no un Dios de lejos? ¿Podrá alguien esconderse en escondites de modo que Yo no lo vea?», declara el Señor. «¿No lleno Yo los cielos y la tierra?», declara el Señor. (Jeremías 23:23–24)

No hay escondite —ni púlpito, ni sueño, ni scroll, ni «paz, paz»— para quien vive como si el Señor no llenara cielo y tierra. Un solo Dios, todo su ser, en todo lugar; y sin embargo actuando de manera diferente: aquí para juicio, allí para bendición. El capítulo entero muestra esa presencia. El pico está en Jeremías 23:23–24; el resto atornilla.

El estudio sigue Jeremías 23, desplegando de punta a punta la omnipresencia de Dios.

  1. La presencia observa el oficio del pastor: juzga y reúne (23:1–8)
  2. Ni «Mi casa» es escondite (23:9–15)
  3. ¿Quién estuvo en el consejo? (23:16–22)
  4. ¿No lleno Yo cielo y tierra? (23:23–24)
  5. Sueño o trigo: fuego y martillo (23:25–32)
  6. No digan «Profecía del Señor»: echar del rostro (23:33–40)

1. La presencia observa el oficio del pastor: juzga y reúne (23:1–8)

El capítulo no arranca con un tratado sobre el espacio. Arranca con un «¡Ay!»:

«¡Ay de los pastores que destruyen y dispersan las ovejas de Mis prados!», declara el Señor. «Ustedes han dispersado Mis ovejas y las han ahuyentado, y no se han ocupado de ellas. Por eso Yo me encargaré de ustedes por la maldad de sus obras», declara el Señor. (Jeremías 23:1–2)

Las ovejas no son propiedad de los pastores. Son suyas. Eso agranda el oficio e infunde temor del Señor: Él está mirando puntualmente cómo se apacienta, cómo se cuida, cómo se reúne el rebaño. No hay despacho pastoral donde Él no esté. No hay negligencia privada. El que llena cielo y tierra observa el oficio: si se apacienta, si no se apacienta, y de qué modo se apacienta.

La misma presencia se ocupa de los pastores para juicio y, en el verso siguiente, del rebaño para bendición:

«Yo mismo reuniré el remanente de Mis ovejas de todas las tierras adonde las he echado, y las haré volver a sus pastos; y crecerán y se multiplicarán. Pondré sobre ellas pastores que las apacentarán, y nunca más tendrán temor, ni se aterrarán, ni faltará ninguna de ellas», declara el Señor. (Jeremías 23:3–4)

«Yo mismo». No un dios a imagen del hombre, ni un enemigo de afuera, ni un ídolo de templo que mira sin meterse mientras las ovejas son dispersadas. El que las echó a todas las tierras es el que las reúne de todas las tierras. El mismo Señor: «me encargaré de ustedes» y «Yo mismo reuniré». No cambia su ser ni su propósito; cambia lo que hace en el tiempo y en el lugar: juicio a los pastores, reunión al rebaño.

Esa reunión no se queda en consuelo vago. Tiene Nombre y Rey:

«Vienen días», declara el Señor, «en que levantaré a David un Renuevo justo; y Él reinará como rey, actuará sabiamente, y practicará el derecho y la justicia en la tierra. En sus días Judá será salvada, e Israel morará seguro; y este es Su nombre por el cual será llamado: ‘El Señor, justicia nuestra’». (Jeremías 23:5–6)

El rebaño que no temerá más, los pastores que sí apacientan, la morada segura: eso es presencia de bendición. El Señor no observa pasivamente. Actúa para que se realicen los propósitos de su corazón (Jeremías 23:20). El Renuevo es consuelo: la presencia que pastorea cuando los pastores han fallado. En Jesús esa promesa ya tiene Nombre; aún no tiene su plenitud. Por eso sigue consolando, como consoló a Jeremías: si te has quedado sin quien apaciente de verdad, no te has quedado sin Pastor.

No hay escondite para el que pastorea mal. Él ve el oficio porque está presente.


2. Ni «Mi casa» es escondite (23:9–15)

«Quebrantado está mi corazón dentro de mí, tiemblan todos mis huesos… por causa del Señor y por causa de Sus santas palabras». (Jeremías 23:9)

Jeremías vive y tiembla la palabra. Más adelante esa palabra será fuego y martillo. Aquí ya estremece.

La tierra misma responde: «a causa de la maldición se ha enlutado la tierra» (Jeremías 23:10). El suelo no es escenario vacío o inerte. Se enluta al ver la corrupción del pueblo —adúlteros, profetas y sacerdotes— y porque esa maldición ya es juicio: el Santo está presente al pecado, y los pastos se secan. Y se enluta también porque, a pesar de ello, el pueblo no se arrepiente y el juicio se avecina (Jeremías 23:12).

«Porque tanto el profeta como el sacerdote están corrompidos; aun en Mi casa he hallado su maldad», declara el Señor. (Jeremías 23:11)

«Mi casa». El templo de Dios. Su morada especial (Éxodo 25:8). El Señor mira por si aquí había algún indicio de santidad… ¿y qué sucede? Aun aquí Él halla maldad. ¡Qué desgarrador!: su Casa, su Morada, su lugar santo, vilipendiado y menospreciado, tenido en poco, secularizado y corrompido como todo lo que ya venían corrompiendo. La presencia especial no es escondite. No es amuleto. No es: «estoy en el templo, Dios me cubre», ni «estoy en el templo, es un lugar más entre todos». Al contrario: precisamente porque es su casa, la maldad allí es más grave. El lugar santo no contiene a Dios ni lo domestica.

De Jerusalén ha salido la corrupción por toda la tierra. El Señor está atento a cada enseñanza que sale de la boca: si edifica al rebaño o si lo extravía. Profetizaban en nombre de Baal. El juicio no es lejanía geográfica. Es tiniebla:

«Por tanto, su camino será para ellos como sendas resbaladizas; serán empujados a las tinieblas y en ellas caerán; porque traeré sobre ellos calamidad en el año de su castigo», declara el Señor. (Jeremías 23:12)

Presencia de juicio en el mismo bloque que «Mi casa». Un ser, distinta operación.

No hay escondite en el púlpito ni en el templo. Él ve porque está presente —aun en su casa.


3. ¿Quién estuvo en el consejo? (23:16–22)

La tercera palabra no es primero al profeta. Es al pueblo: no escuchen las palabras de esos profetas. Contaban la visión de su propia fantasía, no de la boca del Señor. Decían «paz, paz», y negaban la calamidad. Hoy siguen: todo estará bien, Dios ama a todos, eres valioso, eres digno… prosperidad sin arrepentimiento, sin cruz y sin Cristo. Palabras dulces. Palabras lejos del consejo.

«¿Quién ha estado en el consejo del Señor, y vio y oyó Su palabra? ¿Quién ha prestado atención a Su palabra y la ha escuchado?» (Jeremías 23:18)

«Yo no envié a esos profetas, pero ellos corrieron; no les hablé, mas ellos profetizaron. Pero si ellos hubieran estado en Mi consejo, habrían hecho oír Mis palabras a Mi pueblo, y lo habrían hecho volver de su mal camino y de la maldad de sus obras.» (Jeremías 23:21–22)

Aquí está la presencia de comunión, no la de un dios local ni la de un mapa. El concilio del Señor: estar cerca para ver, oír y hablar lo suyo. Dios de cerca, sí —pero de cerca para quien se planta ante su palabra, no para quien corre sin ser enviado. El que no estuvo en el concilio puede llenar el país de «así dice el Señor» y de «paz, paz». El que sí estuvo, hace volver al pueblo a la rectitud.

El pueblo se dejó seducir. Les encantó la palabra: dulce como la miel. Pero era deber auditar a los profetas: poner la Escritura como lupa, validar lo que dicen y exhortar a quien lo está haciendo mal. ¡Dónde están los de Berea, que examinan las Escrituras cada predicación, cada sermón, cada «profecía» (Hechos 17:11)! No importa de quién venga: la palabra ha de ser medida por lo que está escrito.

Si resulta dura, quizás es porque no estamos acostumbrados a toda la palabra. El Señor consuela al quebrantado y es duro con el rebelde. Da pan de vida; también ajenjo a quien persiste. La tempestad ya salió (Jeremías 23:19–20). Ira que no se aparta hasta cumplir los propósitos de su corazón. El Dios del concilio es el mismo Dios del torbellino.

No hay escondite detrás de un oído que ama lo dulce. Él ve al que habla y al que se deja hablar, porque está presente.


4. ¿No lleno Yo cielo y tierra? (23:23–24)

Llegamos al centro. Después de pastores, casa y concilio, Dios nombra lo que todo eso supone:

«¿Acaso soy Yo un Dios solo de cerca», declara el Señor, «y no un Dios de lejos? ¿Podrá alguien esconderse en escondites de modo que Yo no lo vea?», declara el Señor. «¿No lleno Yo los cielos y la tierra?», declara el Señor. (Jeremías 23:23–24)

No está contenido en el espacio. No es un Dios solo de cerca: metido en el templo, para tener licencia en la calle; un dios de bolsillo, dominguero; un número de WhatsApp para cuando necesito que responda. Dios no funciona así. Tampoco es un Dios solo de lejos, un observador que mira desde afuera. Es Dios de cerca y de lejos: está en el escondite, en la tierra adonde huyes, en lo que pensabas que no cubría el templo. Cerca y lejos: las dos.

¿Podrá alguien esconderse? Esto es fácil de asentir con la cabeza y difícil de vivir. Moisés miró para todos lados antes de atentar contra el egipcio. David lo sabía y tomó a Betsabé cuando nadie lo veía, e intentó encubrir su pecado asesinando a Urías. Jonás lo sabía y huyó a Jope para esconderse de Dios. Es de noche, no anda nadie: ¿cruzamos el semáforo en rojo? En el andén, sin vigilador: ¿pasamos sin boleto? Te toca compartir una palabra: ¿procuras sonar elocuente para que afirmen lo bueno que eres? Esa es nuestra naturaleza: si te ven, importa; si no te ven, licencia. El Señor lo ve todo. Discierne las intenciones del corazón. El punto no es dejar de ser astutos en el mundo; el punto es que la astucia no se vuelva escondite. Nuestra mirada ha de estar puesta en lo que Él mira, no solo en lo que miran las personas.

¿No lleno Yo los cielos y la tierra? El cielo es su trono y no lo encierra; la tierra es su estrado y no lo agota (Isaías 66:1; 1 Reyes 8:27). Donde está, está todo Él. Si quieres imagen: no son dos lentes, lupa y teleobjetivo. Ve lo chico y lo grande porque está presente en lo chico y en lo grande, en el lugar más cercano y en el lugar más lejano, aquí en la tierra y allí en el cielo. Distinta operación según el lugar y la persona; nunca ausencia.

No hay escondite. El que llena cielo y tierra te ve, de cerca y de lejos.


5. Sueño o trigo: fuego y martillo (23:25–32)

«¿Podrá alguien esconderse…?» no es teoría. Jeremías 23:25 responde con un oído abierto:

«He oído lo que dicen los profetas que profetizan mentira en Mi nombre, diciendo: ‘¡He tenido un sueño, he tenido un sueño!’». (Jeremías 23:25)

El escondite era el sueño, el corazón, el «así dice el Señor» prestado. Y Dios ya lo oyó. Quieren que el pueblo olvide su Nombre entre tantos sueños. No es que Dios tenga problema con los sueños. El problema es preferir la vanidad del corazón antes que abrir su palabra. Atentan contra lo primero: el Nombre.

«El profeta que tenga un sueño, que cuente su sueño, pero el que tenga Mi palabra, que hable Mi palabra con fidelidad. ¿Qué tiene que ver la paja con el grano?», declara el Señor. «¿No es Mi palabra como fuego», declara el Señor, «y como martillo que despedaza la roca?». (Jeremías 23:28–29)

Paja y trigo: dos «palabras», una vacía y una que quema. Tres veces: «estoy contra los profetas» (Jeremías 23:30–32). No los envió. Correr sin concilio y soñar sin palabra es el mismo pecado: tratar a Dios como si no estuviera en el cuarto donde se inventa su voz.

La paja corre con el viento. El grano alimenta. El fuego refina. El martillo saca incrustaciones. Quien discierne esa palabra no se esconde: se deja golpear y se consuela, porque el mismo Señor que quema también apacienta.

No hay escondite en el sueño ni en el «el Señor declara». Él oye porque está presente.


6. No digan «Profecía del Señor»: echar del rostro (23:33–40)

La última confrontación apunta al pueblo, al profeta y al sacerdote. No afirmen «¡oráculo del Señor!» cuando no lo es. Hacerlo o no hacerlo es la diferencia entre el juicio y la misericordia.

El Señor declara: «Yo los abandonaré». (Jeremías 23:33)

«Por tanto, ciertamente me olvidaré de ustedes y los echaré de Mi presencia, junto con la ciudad que les di a ustedes y a sus padres; y pondré sobre ustedes oprobio eterno y humillación eterna que nunca será olvidada». (Jeremías 23:39–40)

¿Cómo puede echarlos de su presencia el que llena cielo y tierra? No se muda de barrio. Les quita el rostro: favor, casa, ciudad, Nombre invocado en vano. Los abandona. Los echa de Mi presencia —la de comunión, la de «Mi casa», la del concilio— y deja oprobio eterno. Presente para juicio. Eso ya estaba en el «¡Ay!» de Jeremías 23:1.

Ni el templo (Jeremías 23:11), ni el sueño (Jeremías 23:25), ni la fórmula «oráculo del Señor» (Jeremías 23:38), ni la ciudad que les dio (Jeremías 23:39) cubren al que vive como si Él no llenara cielo y tierra. El que llena los cielos y la tierra puede, sin dejar de llenarlos, echarte de su presencia.

El reverso sigue en pie: «Yo mismo reuniré» (Jeremías 23:3). El Renuevo justo ya vino como Cordero; aún vendrá a consumar lo que falta. Una cadencia basta: la presencia de bendición no ha sido cancelada. Él llevará a cabo los propósitos de su corazón. Nuestra seguridad no descansa en que nosotros no fallaremos; descansa en que Él es fiel.


Conclusión: ¿a dónde huirías?

No hay puerta que te tape. No hay púlpito, ni sueño, ni scroll, ni «paz, paz». El Señor que llena cielo y tierra no deja escondite a quien pastorea mal ni a quien habla —o se deja hablar— en su nombre en vano.

Esta semana, haz esto: cada vez que oigas o digas una palabra «de parte del Señor», contrástala con la Escritura. Y en lo que nadie ve —el semáforo, el andén, el cuarto, el mensaje no enviado— vive coram Deo: delante de su rostro.

Que el que apacienta, apaciente como quien es observado. Que el que habla, hable lo que oyó en el consejo. Que el que oye, no se deje seducir por lo dulce. El Renuevo vendrá. Que la novia arda de amor y consuelo aguardando su segunda venida.

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Este artículo pertenece a la serie Atributos de Dios — santidad, ira, amor y otras perfecciones del Dios vivo, en clave bíblica y pastoral. Si aún no leíste «Dios es Espíritu», ábrelo junto a este estudio: allí verás por qué el que no tiene cuerpo tampoco está atado a un lugar.

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Que el Señor te quite el escondite falso y te haga vivir coram Deo: delante de su rostro, de cerca y de lejos.