La aseidad de Dios
Éxodo 3 y el nombre «YO SOY»: Dios tiene el ser en sí mismo; no nos necesita para ser Dios, y sin embargo oye, salva y merece toda la adoración.
«En el principio, Dios» (Génesis 1:1).
¿Alguna vez has pensado en la nada? Espera un minuto e inténtalo otra vez. ¿Puedes imaginarla? Si imaginas algo, entonces ya no es nada: es algo. Nuestra mente no puede pensar en la nada ni esforzándose. Es imposible.
Imagina que estás editando una foto con muchas capas. Empiezas a quitarlas una por una: un edificio, otro, el cielo, el piso. ¿Y al final qué ves? Un lienzo en blanco. Eso tampoco es la nada: es algo — un lienzo en blanco.
Muchas veces he pensado qué habrá más allá del horizonte. Cuando andas en ruta, te esfuerzas, llegas al horizonte… y no hay «nada más» para ver. En el campo se siente lo inmenso de la tierra; pero sigue siendo limitado. Miras el cielo, ves las estrellas, y te preguntas: ¿hay algo más?
Aquí está la verdad que queremos captar: si quitáramos todas las cosas creadas, Dios seguiría siendo Dios. No como quien sufre un vacío, sino viviendo eternamente en comunión plena: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Su vida no depende de criaturas; no era necesario crear algo para completar su ser. Eso es la aseidad de Dios: Él tiene el ser en sí mismo; no lo recibe de nadie y no necesita de nada. Esta es su gloria.
¿Por qué importa entender esto? Porque si Dios no fuera a se —independiente—, la gracia sería frágil. Un dios necesitado sería inseguro y podría fallar; y no garantizaría redención alguna. Por el contrario, Dios es completo en sí mismo, y esa es su gloria y lo que lo hace digno de adoración.
El estudio seguirá este orden:
- La zarza: fuego que arde y no se consume
- Tierra santa: acercarse al que Es
- El Dios de Abraham: «Yo soy», no «yo fui»
- El Independiente: oye el clamor
- «YO SOY EL QUE SOY»: aseidad en el nombre
1. La zarza: fuego que arde y no se consume
Moisés apacentaba el rebaño cuando sucedió esto:
«Y el ángel del Señor se le apareció en una llama de fuego, en medio de una zarza. Al fijarse Moisés, vio que la zarza ardía en fuego, pero la zarza no se consumía.» (Éxodo 3:2)
¿Qué es esto? Dios manifestándose en tiempo y espacio — una teofanía. El Dios que con su poder preserva la existencia de todas las cosas creadas también se muestra de forma personal. Es como si intencionalmente deseara que lo viéramos y nos relacionáramos con Él, criaturas hechas a su imagen.
¿Acaso hicimos algo para ser imago Dei? Nada. Dios nos diferenció del resto de la creación para relacionarse especialmente con nosotros. La teofanía es para el hombre; y el hombre, para Dios.
¿Cuál es la teofanía? La manifestación no es la zarza: es el fuego. Y la zarza no se consume. ¡Qué paradoja! El que Es se acerca a lo finito sin destruirlo. Tiene cuidado de la zarza (como también cuidado de los tres amigos de Daniel en el horno de fuego para que ninguno muera, Daniel 3). Independencia no es ausencia: el Dios a se se revela en fuego santo y se compromete con Moisés.
2. Tierra santa: acercarse al que Es
«Entonces Dios le dijo: “No te acerques aquí. Quítate las sandalias de los pies, porque el lugar donde estás parado es tierra santa”.» (Éxodo 3:5)
El que tiene vida en sí mismo es santo. «Sean santos, porque Yo soy santo» (1 Pedro 1:16). «Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Hebreos 12:14). Este momento marca a Moisés para siempre; y es a partir de este quiebre que empieza a relacionarse íntimamente. Es cierto que Israel recordaría las señales y prodigios; pero primeramente se enfatiza que YHWH conocía a Moisés cara a cara (Deuteronomio 34:10).
Desde hace varios años me propuse no contaminar mi corazón como Daniel (Daniel 1:8): hacer todo lo que esté a mi alcance, hasta la muerte, para ser santo. No para ser bueno o para ganar el favor de Dios. Puesto que Él llama por misericordia — por puro afecto de su voluntad — pero llama no solo para rescatar del infierno, sino porque desea manifestar su santa presencia y entrar en comunión personal.
¿Cuál es el límite de tu santificación? ¿Qué la traba? ¿Piensas que has alcanzado un nivel «aceptable» para estar delante de Dios sin que su fuego te consuma? Lo que más temo es que imagines que tus pecados no son demasiados. Oh, si no fuera por la justicia de Jesús, seríamos calcinados vivos. El Independiente no necesita tu santidad para ser Dios; tú sí necesitas su gracia para acercarte.
3. El Dios de Abraham: «Yo soy», no «yo fui»
Dios abre y cierra esta revelación con la misma nota:
«Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» (Éxodo 3:6; véase también 3:15)
No dice «yo fui». Dice «Yo soy». Jesús tomó esta verdad aludiendo a que Dios es Dios de vivos, no de muertos — apuntando a la resurrección (Mateo 22:31–32). Dios es vida; lo que está en Él vive. Nosotros decimos: «En un tiempo era así… hoy cambié, soy distinto». Nosotros no somos como Él Es. Dios sigue siendo el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; no ha cambiado; y ellos viven delante de Él.
¿Qué día es hoy para Dios? Hoy para Dios es hoy. El Independiente no es un motor inmóvil disociado de la historia: actúa, oye y cumple su pacto en el tiempo.
4. El Independiente: oye el clamor
«Y el Señor dijo: “Ciertamente he visto la aflicción de Mi pueblo que está en Egipto, y he escuchado su clamor a causa de sus capataces, pues estoy consciente de sus sufrimientos. Así que he descendido para librarlos…”» (Éxodo 3:7–8)
A pesar de que Dios no necesita la creación para ser Dios, escucha y está atento al clamor de su pueblo en tiempo y espacio. No es un dios desentendido de la sucesión temporal. «Y ahora, el clamor de los israelitas ha llegado hasta Mí» (Éxodo 3:9). Él ve lo que sucede ahora; el clamor sube hasta su presencia; actúa en el tiempo oportuno.
El Dios que vio a Agar en el desierto es el mismo que vio la aflicción de Israel y el mismo que vio a María llorando por Lázaro. Dios Es — y sigue siendo Dios — escuchando, atento, trabajando.
Charles Hodge lo expresó con fuerza: Dios siempre es, era y será inmutablemente el mismo; todas las cosas están siempre presentes a su vista; y sin embargo no es un océano estancado, sino siempre viviente, siempre pensando, siempre actuando, acomodando sus acciones a las necesidades de las criaturas y al cumplimiento de sus designios infinitamente sabios.1
Independencia no es frialdad. El que no te necesita para existir es el mismo que desciende a librar.
5. «YO SOY EL QUE SOY»: aseidad en el nombre
Moisés pide un nombre. Dios se revela:
«Y dijo Dios a Moisés: “YO SOY EL QUE SOY”, y añadió: “Así dirás a los israelitas: ‘YO SOY me ha enviado a ustedes’”. Dijo además Dios a Moisés: “Así dirás a los israelitas: ‘El Señor, el Dios de sus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob, me ha enviado a ustedes’. Este es Mi nombre para siempre…”» (Éxodo 3:14–15)
En hebreo: ʼehyeh ʼăšer ʼehyeh … ʼehyeh … YHWH. Ambos nombres se relacionan con el verbo hayah, «ser». Primero en primera persona: Yo soy; luego en tercera: Él es. Aquí se aúna la gloria de Dios. Nadie en el cosmos puede decir «Yo soy» como Él. Su existencia no viene de Egipto, del pueblo, del templo ni del ministerio de Moisés.
Dios Es; tiene vida en sí mismo; existe por sí mismo. Cuando decimos que existe «por sí», no queremos decir que se diera el ser a sí mismo —«autocreado» es un absurdo lógico—; como aclara Charnock, ha de entenderse negativamente: no tuvo causa de existencia fuera de sí. Su ser no fue prestado; no lo recibió del cosmos, del pueblo ni del tiempo. Por naturaleza no puede no-ser: necesariamente Es —Él es el Ser necesario, no una criatura contingente. No se trata de grados: Dios no es un ser «más completo» en la misma categoría que nosotros. La diferencia es cualitativa —otra categoría de ser—: no es que Él sea «más» y nosotros «menos» en la misma escala, sino que Él Es y nosotros no, solo somos por un ser recibido. Ser criatura es llevar un ser prestado; el YO SOY es el único cuyo ser no fue dado por nadie. Por eso todo lo demás existe porque Él Es, no al revés. Si Dios dejara de ser —hablo hipotéticamente—, no es que quedaría un cosmos vacío: lo que quedaría sería absolutamente nada, algo que ni siquiera podemos imaginar. En Él, descansa todo lo que es. La Escritura lo nombra: ʼehyeh; vida en sí mismo; de Él, por Él y para Él (Romanos 11:36; Hechos 17:28).
Pero hay otra verdad, y la vemos al levantar la vista. La creación no es muda: al mirarla reconocemos efectos que buscan causa. No puede haber una cadena infinita de causas contingentes —y no puede explicar por qué hay algo en lugar de nada—. La creación demanda un Principio. Y la Escritura lo declara desde el primer verso: En el principio, Dios (Génesis 1:1). No al revés: el cosmos no le da existencia al YO SOY; pero sí testifica de Él —como quien señala al Artífice: «Mírenme: fui hecho por Él; Él Es».
Por eso la creación canta: Dios existe; Dios es verdadero; Dios me creó. Nosotros, hechos a su imagen para relacionarnos con Él de un modo especial, nos rebelamos muchas veces, buscando nuestro bien, nuestros planes; y si algo no sale como lo esperábamos, nos quejamos. Clama a Dios cuando estés afligido, pero que el clamor surja principalmente por el deseo de que Dios sea glorificado.
El mismo que es se compromete a ser con su pueblo. Independencia no es frialdad: el que no necesita la creación es el mismo que oye el clamor y actúa en el tiempo.
Conclusión: Dios Es; nosotros no
Dios existe por sí mismo; todo lo demás existe por Él y para Él. En Cristo —el camino al Dios que Es— esa gracia llega hasta nosotros.
Profundizar en la aseidad edifica el alma. Parece que no entendemos, que todo sigue igual; pero meditar en Él hace un trabajo inefable: admiración, asombro, adoración. Dios Es; nosotros no. Expande la mente: dejamos de sentarnos en nuestros asientos para empezar a ver como Él ve. Su belleza es cualitativamente diferente: no nos acercamos a alguien «más santo» en nuestra categoría, sino al único que Es —Creador, no criatura— sin causa.
Al ir descubriendo su belleza — como quien quita de a poco un velo —, las cosas de este mundo van perdiendo su atractivo. Antes cambiábamos a Dios por cualquier cosa; lo hacíamos al revés, como Judas, que lo vendió por treinta piezas de plata. Que hoy sea el día de que se quiebre el frasco de alabastro y se derrame un perfume agradable a Dios. No puede seguir el tiempo en que cualquier cosa entretenga más que deleitarse en su presencia.
El evangelio apunta a lo único que tiene valor real para ti: Cristo, el Hijo encarnado, el único camino para ver su incomparable belleza; su Espíritu; su unidad; su aseidad. Un dios inventado, necesitado claramente no salva. El Dios a se salva por gracia libre.
Deja de tratar a Dios como si te necesitara, y de tratarte a ti como si no lo necesitaras. Él no te necesita para ser Dios; tú sí lo necesitas para ser — y para adorarle con gozo.
Continúa explorando esta serie
Este artículo pertenece a la serie Atributos de Dios — santidad, ira, amor y otras perfecciones del Dios vivo, en clave bíblica y pastoral. Si aún no leíste «La ira santa de Dios», ábrelo junto a este estudio: allí verás cómo el Independiente también es fuego santo.
¿Tienes alguna pregunta o experiencia que quieras compartir? Escríbeme por correo. Me encantaría saber cómo este tema resuena contigo.
Notas al pie
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Charles Hodge, Systematic Theology, vol. 1 (Grand Rapids: Eerdmans, 1940), p. 390. El pasaje en el original inglés: «We believe what the Bible teaches as a fact, that God always is, was, and will be immutably the same; that all things are always present to his view; that with him there is no past or future; but that nevertheless he is not a stagnant ocean, but ever living, ever thinking, ever acting, ever adapting his action to the necessities of his creatures and to the accomplishment of his infinitely wise designs.» El castellano del cuerpo es traducción libre, lo más fiel posible a ese original. ↩