¿De verdad crees en Él?
La fe de los demonios, la religión de los fariseos y el nuevo nacimiento — por qué tus mejores obras no bastan y solo Cristo puede darte seguridad ante el juicio.
¿Conoces a Jesús verdaderamente y estás seguro de que Él te conoce? ¿De verdad crees en Él — no solo en tu iglesia, en tus sacramentos o en tu esfuerzo por ser buena persona?
Yo también pensaba que creía en Él. Hasta que descubrí que los demonios «creen» en Él, y entonces tuve que preguntarme: ¿en qué me diferenciaba yo de ellos?
- La fe que no salva: demonios y fariseos
- Tus mejores obras ante el tribunal de Dios
- Tu situación el lunes por la mañana
- El nuevo nacimiento: lo que solo Dios puede hacer
- Mira a Cristo, no a ti mismo
1. Demonios y fariseos
Profesaba mi fe en Él. Oraba, asistía a la congregación, me esforzaba por vivir rectamente. Pero la Escritura dice que los demonios también creen que Dios es uno — y tiemblan (Santiago 2:19). No es una fe tibia: tiemblan. Conocen quién es Él. Saben que es santo. Y siguen siendo enemigos suyos.
¿En qué, entonces, me diferenciaba yo? ¿En que yo «sentía» más respeto? ¿En que iba a misa o a culto los domingos? Los fariseos también vivían de religión visible: ayunaban, daban diezmos, memorizaban la Ley — y Jesús les dijo que por fuera parecían tumbas blanqueadas, pero por dentro estaban llenos de podredumbre (Mateo 23:27). Hacían las cosas mejor que yo. Y aun así necesitaban — como todo hombre — nacer de nuevo (Juan 3:3).
Aquí está el golpe: puedes creer que Dios existe, puedes respetar a Jesús como maestro o figura sagrada, y aun así no tener vida. Puedes ser religioso hasta los huesos y estar muerto ante Dios.
2. Tus mejores obras
Ayunaba, leía la Biblia, trataba de compensar mis fallas con disciplina. Pero todos mis esfuerzos eran menores que los de aquellos fariseos — y su justicia, delante de Dios, era como trapos de inmundicia (Isaías 64:6). No porque Dios desprecie el bien hecho, sino porque ninguna obra nacida de un corazón aún no regenerado puede comprar su favor.
Entonces comprendí: no es «por obras». No lo digo yo; lo dice el evangelio. Si tu seguridad depende de lo bien que te portaste esta semana, estás construyendo sobre arena. El lunes de la parábola — el día del juicio — no llegará tu lista de méritos: llegará tu conciencia.
3. El lunes por la mañana
Imagina esto. Eres un buen empleado. Recibes aplausos. Cumples. Pero llega un colega más joven, sin tu experiencia, y de inmediato brilla; se lleva la gloria que tú creías merecer. Y te consume tal envidia que, el viernes, lo matas.
El domingo te enteras de algo que te parte el alma: resucitó. Mañana se presenta en la empresa como Dueño, Presidente y CEO, con poder absoluto para despedirte y enviarte a prisión de por vida.
¿Cómo te presentas el lunes por la mañana?
No con PowerPoint. No con excusas. No con «mira todo lo que hice bien antes del viernes». Te echarías a sus pies. Rogarías misericordia. Sabrías que ninguna hazaña pasada puede conmoverlo: fuiste cruel con el mismo que ahora tiene autoridad sobre tu destino.
Esa es tu situación ante el Dios resucitado.
Tú no mataste a un colega en una oficina: por tu pecado, por tu rebeldía, por tu indiferencia o tu religión sin arrepentimiento, crucificaste al Hijo de Dios en la cruz del Calvario. No fue un accidente histórico lejano: fue tu iniquidad la que la demandaba, y su amor el que la soportó. Y el mismo Jesús que colgaste entre ladrones resucitó al tercer día, ascendió, se sentó a la diestra del Padre y recibió toda autoridad en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18).
El «lunes» ya está en marcha. Un día volverá a juzgar a vivos y muertos (Hechos 10:42). No tendrás obra que exhibir que compense el viernes de tu alma.
4. Nacer de nuevo
Cuando entendí esto, la pregunta dejó de ser «¿cómo me esfuerzo más?» y pasó a ser: «¿cómo sé que estoy unido a Cristo y tengo vida eterna?»
La respuesta de Jesús a Nicodemo — un hombre religioso, respetable, de la clase dirigente — fue brutalmente clara: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).
Los demonios no pueden nacer de nuevo. Los fariseos, por más disciplina que tuvieran, necesitaban ese milagro. Y tú también.
El nuevo nacimiento no es decisión humana de «esforzarse más». «Lo que nace del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6). Es obra del Espíritu Santo, por voluntad de Dios, para que sea por gracia — no por mérito, no por pedigree religioso, no por haber sido «buen católico» o «buen evangélico» en apariencia.
Sin ese nuevo nacimiento, sigues en la fila de los que creen de Dios como quien cree en un terremoto: lo reconocen, tiemblan, y no se rinden a Él.
5. Mira a Cristo
Entonces dejé de buscar seguridad en el espejo de mis obras. Tenía que mirar a Cristo y a sus obras.
Él es el cumplimiento de toda la profecía. Tenía que padecer y morir en la cruz para librarte de la esclavitud del pecado y del dominio del Enemigo. Su sacrificio no es incompleto ni pendiente de tu perfección: es eficaz, terminado, aceptado por el Padre en la resurrección.
Creer — en el sentido bíblico — no es repetir un credo con los labios fríos. Es confiar de que lo que Cristo hizo en la cruz te basta, arrojar tus trapos de justicia propia y abrazar su justicia (Filipenses 3:9). Es arrepentirte: reconocer el viernes de tu alma, el odio, la indiferencia, la confianza en ti mismo — y volver a Él, no mañana, hoy.
Esa Persona que el mundo entero despreció y mató es la misma que resucitó, la misma que reina, la misma que puede dejarte fuera de su reino para siempre o darte vida en Él para siempre.
No te pido que te sientas digno. Te pido que dejes de esconderte detrás de una fe que no salva — la de los demonios y de los fariseos — y que caigas de rodillas ante el Rey resucitado, como caerías el lunes ante el Dueño que perdonaste matar.
Él es tierno con el quebrantado. Pero no hay paz fingiendo que no necesitas misericordia.
Conclusión
La diferencia no es «creer más fuerte». Es nacer de nuevo por el Espíritu, arrepentirte y descansar en la obra terminada de Cristo. Hasta que eso ocurra, tu religiosidad — por muy sincera — no te acerca un paso más que el temblor de los demonios.
¿Te atreves a mirar tu «lunes» de frente y a pedirle a Jesús que te haga nuevo?
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Buenas Noticias — en esta serie hablamos del evangelio sin adornos: dignidad, pecado, gracia y la respuesta que Dios da al corazón quebrantado. ¿Qué parte de este mensaje resuena o te incomoda? Déjalo en los comentarios.
Que el Señor te confronte con verdad y te levante con su gracia.