Plaza Buenas Noticias

¿Indignos o dignos?

Dignidad original, indignidad por el pecado y debilidad como terreno de la gracia — tres verdades del evangelio para dejar de autosabotearte.

Uno de los puntos que particularmente me han sido dispares es este: ¿piensas que eres digno o indigno? ¿Piensas que eres valioso o que no lo eres?

Luego de muchas entrevistas fallidas, empecé a hacerme este tipo de preguntas. ¿Por qué no puedo mostrar confianza cuando hablo? ¿Por qué me cuesta tanto emprender un proyecto y juntar personas para que unan? Me fui dando cuenta de que podría tener muchas buenas ideas, pero si intrínsecamente persiste algo dentro tuyo que le dice a tu mente que no eres apto y no vas a poder, entonces inconscientemente creerás que no lo eres, y probablemente te autosabotees vez tras vez. Exploremos entonces tres puntos:

  1. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26–27)
  2. Muertos en delitos y pecados (Efesios 2:1–5)
  3. «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad» (2 Corintios 12:9)

1. Fuimos creados a imagen y semejanza de Dios

Esto quiere decir que heredamos muchas de sus cualidades, y una de ellas es su dignidad. Fuimos creados seres morales e inteligentes, tal como es Él. Y fuimos distinguidos entre toda la creación, dándonos Dios el mandato de señorear sobre la tierra. ¿Y qué herramientas nos dio para ello? Nos dio una razón, una voluntad y la capacidad de inventar y transmitir el conocimiento, de forma que podemos evolucionar partiendo de lo que los anteriores han enseñado, vivido y experimentado. Dios nos creó para que portemos su gloria en medio de toda su creación, y la cuidemos como mayordomos de Dios.

El problema fue que tanto Adán como Eva pecaron, perdieron la pureza y se oscureció la mente. Es decir, se estableció una lucha en el campo de la mente, entre lo que deseamos, entendemos que es correcto, y hacemos. Aún más, el pecado se transmite de generación en generación, pasando por todos. Ahora el ser humano tiene dudas respecto a la verdad, a su propósito y a la felicidad, y se encuentra confundido. Así que entramos en el punto dos.

2. Muertos en delitos y pecados

El pecado de Adán y Eva nos condenó a la muerte eterna. Es decir, nos quitó el ropaje de dignidad. Pero aun estando condenados, Dios extendió su misericordia, amándonos y restaurándonos. ¿Qué quiere decir que estábamos muertos? Quiere decir lo siguiente:

  • Heredamos la naturaleza corrompida como consecuencia del pecado original.
  • Estábamos en estado de rebeldía y no queríamos venir a Jesús («Y no queréis venir a mí para que tengáis vida», Juan 5:40).
  • Éramos controlados por el dominio del pecado y yacíamos bajo la esclavitud de Satanás.
  • No teníamos libertad para venir a Jesús.
  • El castigo era la muerte eterna. Merecíamos la condena bajo la ira de Dios.

Así, nuestra condición pasó de la dignidad original a la indignidad total. Dios no podía relacionarse con nosotros porque Él es santo y nosotros no, como la luz no puede estar junto con la oscuridad. Adán y Eva fueron creados dignos porque heredaron los atributos morales de Dios y nacieron sin pecado. Pero luego, cuando el pecado se engendró, la corrupción moral se transmitió y se corrompió la esencia del ser humano.

En fin, el pecado original nos colocó como indignos y merecedores de la justa ira de Dios que se desata contra toda impiedad e injusticia (Romanos 1:18). Dios tiene que condenar la injusticia porque Él es un juez justo y no puede ir contra su esencia. No puede dejar de ser Dios y corromperse, no se puede negar a sí mismo.

Aun así, y a pesar de nuestra condición caída, Dios decidió amarnos entregando a su Hijo a pagar la condena que merecíamos. Nos restituyó la dignidad delante del Padre, porque ahora nos ve a través de la justicia perfecta del Hijo. El pecado nos quitó el ropaje y Jesús nos vistió nuevamente. Ahora entramos confiadamente al trono de la gracia. Venimos confiados, apoyándonos en su gracia, porque necesitamos su misericordia y socorro continuamente.

3. «Bástate mi gracia, porque mi poder se perfecciona en tu debilidad»

Por tanto, gustosamente me gloriaré en mis debilidades para que el poder de Cristo more en mí (2 Corintios 12:9). Una de mis luchas ha sido confundir mis debilidades con ser indigno y con el quebranto. Este trío teológico inquietaba mi mente y no lograba hacer la distinción adecuada que me ayudara a pensar y actuar correctamente.

Las debilidades siguen presentes en nosotros por dos motivos que Pablo deja en claro, y ninguno de ellos tiene que ver con sentirse indignos.

Para que no me enaltezca

Nuestras debilidades existen para recordarnos que somos de carne y hueso, que no somos autosuficientes y que dependemos constantemente de Cristo. Estas debilidades son esenciales para quebrantarnos y llevarnos a confiar en Él mediante una oración continua. Nos hacen conscientes de nuestra fragilidad, de que podemos fallar y perder cosas de gran valor. Esta conciencia, que se desarrolla en el hombre espiritual, lo impulsa a quebrantarse con frecuencia y a depender de la gracia y el poder de Cristo en todo momento y para toda obra. Así, nuestra vulnerabilidad se convierte en el terreno donde la dependencia de Dios puede florecer.

Para que el poder de Cristo more en mí

Dios desea manifestar su poder en nosotros, y lo hace precisamente a través de nuestras debilidades. Estas se convierten en el medio por el cual el poder de Cristo se revela. Si los discípulos hubieran contado con recursos suficientes, la alimentación de los cinco mil no habría ocurrido. Si Pedro no hubiera sentido miedo al ser confrontado y no lo hubiera negado, no habría reconocido a Jesús como su pastor. Si Pablo no hubiera cargado con su aguijón, no habría experimentado el poder de Dios obrando y manifestándose a pesar de su debilidad.

Nuestras flaquezas frustran nuestros propios planes, llevándonos a confiar en los planes de Dios, en su poder y soberanía, y abriendo nuestros ojos para contemplar la manifestación de su gloria («Mas ahora mis ojos te ven», Job 42:5).

Conclusión

El camino del creyente oscila entre la dignidad original con la que fuimos creados y la indignidad que el pecado nos impuso, pero encuentra su resolución en la gracia redentora de Cristo. Aunque nuestras debilidades persisten, no son para que nos sintamos como indignos, sino que persisten para empujarnos a depender de Aquel cuyo poder se perfecciona en nuestra fragilidad. No somos ni indignos ni autosuficientes, sino vasos quebrantados como vehículo de la manifestación del poder de Dios y su gloria. Cuando nuestros planes no salen bien, nos estaremos embarcando en los poderosos planes de Aquel que nunca fracasan.

Continúa explorando esta serie

Buenas Noticias — en próximos artículos seguiremos reflexionando sobre la obra de Dios en nuestras vidas. ¿Tienes alguna pregunta o experiencia que quieras compartir? Déjala en los comentarios.

Que el Señor te bendiga abundantemente y te guíe en tu camino de fe.